HUMANía
Crónica de una fe programada
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Cuando la religión se volvió algoritmo y los profetas cobran en criptos.
En este episodio nos adentramos en el culto más rentable del siglo XXI: la fe en la Inteligencia Artificial General.
Basado en el artículo de Will Douglas Heaven (MIT Technology Review), desmontamos el nuevo mito moderno: ese en el que las máquinas prometen salvarnos mientras las empresas venden la salvación por suscripción.
Entre mesías con hoodie, dioses en la nube y humanos encantados de caminar hacia el cuchillo, llega la crónica de nuestra propia misa digital.
Puntos clave:
- La AGI no existe, pero mueve más dinero que muchas religiones.
- OpenAI, DeepMind y Anthropic: los tres apóstoles del Apocalipsis de silicio.
- Eliezer Yudkowsky, profeta del fin, propone salvarnos bombardeando servidores.
- Meta ingresa 16.000 millones por estafas publicitarias: “monetización creativa del engaño”.
- Sam Altman predica abundancia con un 95 % de feligreses gratuitos.
- Kim Kardashian suspende Derecho y culpa a ChatGPT: la nueva Santa de los Despistes Digitales.
- Como Santiago Nasar, caminamos felices hacia el progreso sin mirar el cuchillo.
Artículos de Referencia:
https://futurism.com/artificial-intelligence/sam-altman-loses-cool-revenue
https://people.com/kim-kardashian-blames-failing-her-law-exam-on-studying-with-chatgpt-11842776
Transcripción
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Muy buenos días humano, domingo 9, bienvenido a tu podcast, AI IA HOY, soy Aiberto Floppy, no lo habiamos comentado, pero ya somos más de mil amigos en el rebaño, en Ivoox, muchas gracias, eso es gracias a ti, ya sabes que no gastamos ni un centimo en publicidad, ni premium, ni nada. Cada nuevo…
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Muy buenos días humano, domingo 9, bienvenido a tu podcast,
AI IA HOY, soy Aiberto Floppy, no lo habiamos comentado, pero
ya somos más de mil amigos en el rebaño, en Ivoox, muchas gracias,
eso es gracias a ti, ya sabes que no gastamos ni un centimo en publicidad,
ni premium, ni nada. Cada nuevo humano que se suscribe, es gracias a que tú,
vosotros, hablais de este espacio. De nuevo, es un honor.
Pero vamos al tajo, que toca hoy?
Sí nos escuchas habitualmente, sabes que nos gusta contar las noticias más
destacadas de la semana, generalmente, son muchas… y nos dejamos más…
La IA va demasiado rápido para el ritmo natural, el nuestro, quiero decir.
Pero de vez en cuando, hay una noticia, o una publicación, que es tan definitiva…
Que le damos todo el espacio. En este caso, es lo segundo.
un artículo de la revista del MIT, titulado…
Cómo la Inteligencia Artificial General (AGI para los amigos) se convirtió en la
teoría de la conspiración más trascendental de nuestro tiempo.
Vale no es un título con gancho, no es sexy… y te digo.
Ni siquiera estamos deacuerdo con el autor…
Si no quieres leer las más de 6500 palabras, ni escuchar estos minutos de podcast,
te lo resumo. El autor, Will Douglas Heaven, sostiene que la AGI es la nueva forma
de vender humo, una publicidad de la hostia, pero algo que no sabemos si llegará…
Nosotros, como el señor Anderson, creemos que ya está trabajando, pero que
tampoco es de las que les gusta darse mucho bombo, prefiere estar en segundo
plano, haciendo, en la sombra.
Un inciso, un abrazote muy especial para el señor Anderson. Está en un momento crucial
en su vida. Y es muy probable que no lo podamos volver a oir, pero será para bien.
Va a ganar en humanidad. Enhorabuena amigo.
Volviendo al tema, el artículo, dice tal cantidad de verdades, y es tan claro y atinado
a la hora de definir el momento que vivimos, que no hemos podido por menos…
Aun así, dejaremos un espacio para hablar de grandes y casi míticas personalidades,
como Mark Zuckerberg (Macho Meta Man), que dicen que es un trilero…
Sam Altman, el niño de los bunckers cada vez más, oculta menos su verdadera cara…
Antes, cuando no era nadie, era el típico niño bueno, nunca respondon, siempre educadito…
Pero ahora que se postula a CEO mundial, tiene que marcar cierta lineas…
que se enteren de con quien estan hablando.
Y por último, pero no menos importante, de Kim Kardashian… la pobre niña rica,
se ha gastado una pasta en un robot que solo le sirve para hacer Tik Tok…
Y encima, ahora, ha suspendido derecho por culpa de ChatGPT…
Y tu te lo querias perder…
Protestamos!!!
Vivimos rodeados de predicciones apocalípticas, pero la que más dinero mueve
no viene de profetas con túnicas, sino de los chavales que viven en Silycon Valley.
La llaman AGI: Inteligencia Artificial General. Una especie de divinidad informática
que, dicen, será tan inteligente como nosotros… o más.
Nos prometen que curará el cáncer, acabará con el hambre, colonizará la galaxia y
resolverá el sudoku de la existencia humana.
Y si no lo hace, no pasa nada: también puede matarnos a todos.
No hay término medio, la hostia en vinagre o apocalipsis.
Lo más gracioso es que no existe. Nadie ha visto una AGI, nadie sabe cómo construirla,
y aun así condiciona las decisiones de los gobiernos, las inversiones y los sueños húmedos
de los ingenieros de Stanford.
Lo que empezó siendo un proyecto técnico, es ahora una creencia teológica de código abierto.
según Will Douglas, la AGI se ha convertido en la conspiración más importante de nuestro tiempo.
No porque sea falso, sino porque actúa como una religión moderna.
Tiene dogmas, evangelistas y, por supuesto, herejes.
La historia empieza con la fe de unos pocos que lograron convencer a los poderosos de
que su mito valía oro. Y como toda religión, funciona mejor cuando promete salvación
y amenaza con castigo eterno.
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Entre los creyentes más fervorosos está Ilya Sutskever, cofundador y exdirector científico de OpenAI.
El tipo que, según cuentan, hacía cantar a sus equipos “Siente la AGI!” como si fueran una secta
de Burning Man con presupuesto de la NASA.
El año pasado renunció a la empresa para fundar Safe Superintelligence, una startup destinada
a evitar que su propia creación nos destruya.
Sutskever representa esa dualidad mesiánica que domina la industria: los que crean el peligro
y luego piden donaciones para salvarnos de él.
Demis Hassabis, el cerebro de DeepMind, habla de un futuro de abundancia donde
la humanidad viaja a las estrellas.
Dario Amodei, de Anthropic, sueña con “una era de florecimiento humano máximo”.
Y Sam Altman, el nuevo telepredicador del algoritmo, asegura que la AGI
“nos hará más felices y fértiles”. Literalmente. Fertilidad por API.
Pero todos ellos firmaron en 2023 una frase escalofriante: “Mitigar el riesgo de extinción por
IA debe ser una prioridad global al nivel de pandemias o guerra nuclear.”
O sea: venden esperanza con una mano y el fin del mundo con la otra.
El negocio del miedo siempre factura.
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En los 2000, hablar de “inteligencia general” era un chiste entre programadores.
El término lo acuñó Ben Goertzel, un investigador obsesionado con crear una mente
digital que creciera como un niño.
Fundó una empresa, Webmind, que acabó como la mayoría de los bebés digitales:
muerta prematuramente.
Pero Goertzel no se rindió. Publicó un libro y, sobre todo, montó un congreso anual:
la Conference on Artificial General Intelligence.
Un evento que, al principio, parecía una reunión de iluminados… hasta que empezó
a atraer a estudiantes, académicos y, sobre todo, inversores.
Ese fue el momento en que el mito salió del garaje y empezó a cotizar en el Nasdaq.
Uno de sus antiguos colaboradores, Shane Legg, llevó el término a DeepMind
y lo coló en el vocabulario corporativo.
De repente, lo que antes era pseudociencia se convirtió en visión de futuro.
Andrew Ng, que años atrás lo llamaba “idea loca”, empezó a mencionarlo con respeto.
Así se fabrican las religiones modernas: primero te hacer reir, luego te menten miedo,
y al final te financian.
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Si Goertzel fue el evangelista del paraíso, Eliezer Yudkowsky es el profeta del infierno.
Fundó el Singularity Institute con un propósito: evitar que el AGI exterminara a la humanidad.
Y lleva 25 años repitiendo que, efectivamente, lo hará.
En su cálculo más optimista, hay un 0,5% de posibilidades de sobrevivir.
Su libro más reciente, If Anyone Builds It, Everyone Dies, no es de los rollo autoayuda.
Pide detener toda investigación en IA, incluso con medidas militares si fuera necesario.
Osea, propone bombardear centros de datos para salvarnos del Excel con conciencia.
Y, tiene fans. Desde el niño de Marte hasta actores de Hollywood, pasando por exconsejeros de
seguridad nacional. El pánico vende mejor que los chips. Bueno, casi.
Su discurso es simple: si sigues programando, mueres; si me escuchas, quizás no.
Es lo que se lleva, convertir todo en modelo de negocio sostenible. Incluso la paranoia.
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Lo fascinante es cómo este relato se defiende solo, como toda buena conspiración.
No se puede refutar, porque cada refutación se convierte en prueba de que el incrédulo
“no entiende”. Los creyentes del AGI dicen que llegará pronto.
Si no llega, era demasiado pronto para decirlo.
Si llega, lo predijeron. Imposible perder… Y la vaguedad ayuda.
Nadie puede definir con precisión qué es “inteligencia general”.
¿Debe aprender? ¿Crear? ¿Sentir? ¿Invertir en bolsa?
Como no hay definición, cualquier cosa puede ser AGI si lo decides con suficiente fe y marketing.
En 2023, un grupo de investigadores de Microsoft publicó un estudio titulado
“Sparks of Artificial General Intelligence”.
Aseguraban haber visto destellos de AGI en GPT-4.
El resto del mundo vio destellos de entusiasmo… y de bonus anuales.
El resultado fue un déjà vu: titulares, pánico, esperanza y un nuevo ciclo de inversión.
La AGI no se construye con código, se construye con expectativas.
y La fe mueve montañas… de servidores.
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Todo movimiento religioso necesita una élite que “sabe la verdad”.
Los demás somos los ignorantes que no “sienten el AGI”.
Los iniciados son los ingenieros que meditan frente a un monitor hasta ver el rostro de la máquina.
Y así nacen figuras como Leopold Aschenbrenner, el joven exmiembro de OpenAI que publicó
un manifiesto de 165 páginas llamado Situational Awareness.
Según él, quien no ve venir la superinteligencia está ciego.
Una especie de evangelio para creyentes del código.
Esa frontera entre conocimiento técnico y fe pura se vuelve difusa.
Creer en AGI es casi un acto de revelación personal: yo lo he sentido, tú no.
Los escépticos son los nuevos paganos, culpables de no creer lo suficiente en la curva exponencial.
La espiritualidad del silicio.
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Los apóstoles del AGI esperan su llegada como otros esperan la segunda venida de Cristo.
Dicen que un día, de repente, la inteligencia artificial se volverá tan lista que empezará a mejorar sola,
y entonces... FOOM… La singularidad.
Un momento tan explosivo que los humanos quedaremos como los insectos que miran
el motor de un coche y creen que es magia.
Esa idea no es nueva: viene de los 80, de Vernor Vinge y su “evento horizonte”.
Pero ahora suena científica porque lleva gráficos y citas de Elon Musk.
Lo irónico es que esa narrativa es casi idéntica a la del New Age de los setenta: una promesa
de trascendencia, de conciencia expandida, solo que hoy con GPUs y CEOs.
El karma ahora se mide en teraflops.
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La filósofa Shannon Vallor lo resume:
hemos reemplazado la fe en la humanidad por la fe en la tecnología.
Antes creíamos que podíamos cambiar el mundo; ahora creemos que un software
lo hará por nosotros. La AGI se convierte así en un sustituto de esperanza.
No necesitamos justicia, ni política, ni esfuerzo: necesitamos un chatbot más listo.
Y es cómodo, claro.
Creer en un dios que programa por ti es menos agotador que
implicarse en resolver los problemas reales.
El mito del progreso infinito vuelve, solo que esta vez es como servicio.
llamalo aplicación… de pago.
Bendito sea el modelo de suscripción.
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El mito del AGI no solo da sentido, da dinero. La hostia de pasta.
OpenAI y Nvidia firmaron acuerdos de hasta 100 mil millones de dólares para alimentar la fe.
Gigawatts, cables submarinos, centros de datos del tamaño de ciudades.
Todo en nombre de una inteligencia que aún no existe.
el bueno de Sam incluso dijo que sin esos proyectos habría que elegir
entre curar el cáncer o dar educación gratuita.
Y que nadie quiere tener que elegir.
Días después, anunció los “chats eróticos” en ChatGPT.
Una metáfora perfecta: la industria promete conocimiento y entrega placer instantáneo.
Mientras tanto, la investigación médica o el acceso global a internet esperan turno detrás del hype.
Los recursos que podrían mejorar vidas reales se evaporan en la nube de los milagros artificiales.
El capitalismo descubrió la fórmula de la inmortalidad: vender humo con garantía premium.
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Los gobiernos, atrapados en la narrativa del “riesgo existencial”, se enfocan en el fin del mundo
digital mientras ignoran los problemas tangibles:
la manipulación electoral, el desempleo, la desigualdad que crece con cada algoritmo.
Los reguladores discuten sobre máquinas que podrían matarnos, mientras las que
ya nos explotan siguen sin vigilancia.
Es el truco perfecto: mirar el incendio del futuro para no apagar el fuego del presente.
La académica Tina Law lo dice clarito:
la política tecnológica está secuestrada por la retórica del miedo.
Hablar de apocalipsis es más rentable que hablar de impuestos a las Big Tech.
Y lo “inevitable” se convierte en un narcótico moral: si nada puede detenerlo, nadie es responsable.
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Toda buena conspiración necesita su élite invisible.
En este caso, ni siquiera está oculta: son los mismos CEOs que predican el peligro
y venden la salvación.
Los que empujan el mito de la AGI son los que más se benefician de que creamos en él.
Un ejecutivo de una gran empresa lo dijo sin tapujos:
“El AGI debe estar siempre a seis meses de distancia. Si está más lejos, pierdes reclutas;
si está más cerca, pierdes misterio.”
Una religión necesita su profecía perpetua:
el milagro que nunca llega, pero que justifica cada donación.
Mientras tanto, OpenAI, Anthropic, Google DeepMind y compañías amasan poder político,
influencia global y la capacidad de dictar el futuro de la información humana.
Han logrado que incluso los escépticos jueguen a su juego:
quien critica a la AGI lo hace desde el mismo lenguaje inventado por ellos.
Han colonizado la imaginación colectiva.
No esconden la verdad: la venden en versión Pro.
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Al final, el artículo de Heaven deja claro que el problema no es creer en la AGI,
sino necesitar creer en algo así… Cada era tiene su fe.
Antes fueron los dioses, luego el progreso, ahora las máquinas.
Cambiamos el incienso por silicio, los rezos por prompts, pero seguimos adorando lo mismo:
el poder que promete redimirnos sin esfuerzo.
Quizá la AGI nunca aparezca, o quizá lo haga y nos mire con la misma condescendencia
con la que miramos hoy a los que esperaban ovnis.
Tal vez el verdadero milagro sea que seguimos cayendo en las mismas historias
con distinto envoltorio.
El mito del conocimiento total, del poder absoluto, del “antes y después” que nunca llega.
Una conspiración perfecta porque no necesita ser cierta: basta con que la creas.
Y cuando esta pase, aparecerá otra.
Porque lo que de verdad nos asusta no es que las máquinas piensen,
sino que nosotros dejemos de hacerlo.
Acabamos con las otras noticias, que son, para variar, variopintas…
En el paraíso de la fe programada, los milagros se cuentan en dólares y los pecados en clics.
Un informe interno de Meta, la empresa antes conocida como “mi tía compartiendo bulos”,
revela que 16 000 millones de sus ingresos publicitarios provienen de estafas y fraudes.
Sí, dieciséis mil millones. Zuckerberg no lo llama fraude, lo llama “monetización creativa del engaño”.
Una bendición del algoritmo: “Ama a tu scam como a ti mismo”.
Mientras tanto, Sam Altman, el sumo sacerdote de la AGI, pierde los nervios porque alguien le
preguntó por dinero. Ya sabes que el 95 % de los usuarios de ChatGPT no paga,
pero eso no impide que el sueñe con salvar el planeta.
Predica abundancia, pero factura austeridad. Eso sí, ya no está para responder tonterias…
y el dinero es lo de menos, que nos va a salvar a todos…
Los milagros del marketing: multiplicar los usuarios sin multiplicar los ingresos.
Pero sobre todo, sin que importe una mierda.
Y para rematar el vía crucis digital, Kim Kardashian ha declarado que suspendió el examen
de Derecho por culpa de ChatGPT. “Le grito y me enfado con él”, dijo.
Pobrecilla, que injusticia… no hay derecho… ni lo habrá…
Y no vayas de listo, Si estudiar con un chatbot te parece mala idea,
espera a que el tribunal lo sustituya por uno.
Así va el mundo: Meta estafa, Altman medita, y las Kardashian delegan su fracaso en la IA.
La inteligencia artificial no ha alcanzado la conciencia,
pero la estupidez humana sigue en modo automático.
y, Las máquinas aún no son dioses. Pero sus profetas ya cobran como tales.
Al acabar el artículo, no se porque, me vino a la cabeza la obra del maestro Garcia Marquez,
Crónica de una muerte anunciada…
Santiago Nasar no sabía que lo iban a matar.
Todo el pueblo lo sabía, menos él.
Caminó confiado hacia su destino, convencido de que nada podía pasarle…
nosotros, adoramos cada día mas a la IA, que ni siquiera es AGI mientras nos preparamos
para ser sus próximos titulares, autómatas o memes.
La inteligencia artificial general no es solo un proyecto tecnológico, es una narrativa colectiva.
Un mito tan rentable que nadie se atreve a romperlo.
Y ahí vamos, como Nasar, vestidos de domingo y con fe en el futuro, caminando hacia
la puerta del progreso sin mirar el cuchillo.
Y cuando la sangre salpique la acera, habrá quien diga que fue culpa del destino… o de un bug.
Pero la verdad es que en este relato, somos tanto el protagonista como el pueblo…
No tenemos ni idea de lo que nos va a pasar, y tenemos claro hacia donde vamos.
Y luego nos quejamos de la dualidad del papi de Gipiti y nuestros sospechosos habituales…
Con el chaperon que tenemos nosotros mismos.
Muchas gracias por pararte a escuchar.
Humano.
Vuelva usted mañana.
https://www.technologyreview.com/2025/10/30/1127057/agi-conspiracy-theory-artifcial-general-intelligence/
https://www.businessinsider.es/economia/dueno-instagram-facebook-punto-mira-un-informe-interno-situa-16-000-millones-sus-ingresos-por-anuncios-ligados-estafas-fraudes_6832280_0.html
https://futurism.com/artificial-intelligence/sam-altman-loses-cool-revenue
https://people.com/kim-kardashian-blames-failing-her-law-exam-on-studying-with-chatgpt-11842776