Alex Karp cree que, para tener futuro laboral en la era de la IA, conviene aprender un oficio o ser neurodivergente. El consejero delegado de Palantir, que es disléxico, sostiene que pensar de forma diferente ganará valor cuando las máquinas hagan cada vez más tareas. El psicólogo autista Daniel Wendler coincide, pero introduce un matiz que estropea un eslogan estupendo: la oportunidad no consiste en que todas las personas neurodivergentes tengan superpoderes, sino en dejar de organizar el trabajo como si todos los cerebros funcionaran igual.
La ventaja puede estar en cambiar la oficina
Según explica Wendler a Fortune, muchos entornos laborales favorecen las fortalezas de las personas neurotípicas. La transformación que trae la IA podría servir para revisar esas estructuras y ofrecer distintas maneras de trabajar, comunicarse y demostrar capacidades.
Además, los modelos de lenguaje pueden ayudar a dividir tareas complejas, organizar actividades o preparar comunicaciones. Para quienes encuentran barreras en los métodos habituales, esas herramientas podrían resultar especialmente útiles. La ventaja sería reducir obstáculos, además de aportar perspectivas distintas.
Inclusión sin exigir poderes especiales
Palantir lleva esta idea a su contratación con un programa para personas neurodivergentes que anuncia salarios de entre 110.000 y 200.000 dólares anuales. Su discurso destaca el reconocimiento de patrones, el pensamiento no lineal y la hiperconcentración. Wendler advierte del problema: esos rasgos no aparecen en todas las personas ni eliminan las dificultades que pueden acompañar al autismo, el TDAH o la dislexia.
Presentar la neurodivergencia como una garantía de genialidad también excluye a quienes no encajan en ese retrato. La IA abre una oportunidad para mejorar la accesibilidad laboral; que se aproveche dependerá de cómo actúen las empresas.
Si para tener un sitio en la oficina necesitas ser un genio extraordinario, lo que falla no es tu cerebro: es el criterio de admisión.
