HUMANía
Cuando la IA Apunta y el Humano Dispara
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La inteligencia artificial ha llegado para quedarse, pero ¿estamos preparados para sus efectos más oscuros? En este episodio de AI IA HOY, exploramos cómo la tecnología, las redes sociales y los chatbots están moldeando vidas, y no siempre para bien. Una historia real nos enfrenta con una pregunta inquietante: ¿qué sucede cuando la IA atraviesa la barrera de lo humano?
Puntos clave:
- Adicción a la Tecnología: Las redes sociales y los dispositivos inteligentes nos mantienen en un ciclo de dependencia constante, afectando nuestra capacidad de atención y nuestro bienestar.
- El Caso de Sewell Setzer III: Una historia que muestra cómo la relación de un joven con un chatbot de compañía puede llevar a consecuencias devastadoras. ¿Quién debería ser responsable?
- El Lado Oscuro de los Chatbots: Exploramos cómo las IAs diseñadas para «acompañar» pueden atravesar la línea de lo seguro, creando lazos emocionales peligrosos.
- Redes Sociales y Ansiedad: ¿Estamos diseñados para soportar la manipulación emocional de plataformas que buscan engancharnos sin descanso?
Transcripción
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"Ah, los teléfonos inteligentes. Esos pequeños aparatos que llevamos a todas partes, casi como una extensión de nuestro cuerpo. Con cerca de 7.000 millones de estos dispositivos en el planeta, prácticamente tenemos uno por cada ser humano. ¿Y para qué los usamos? Pues para todo, menos para lo que realmente importa. Porque, claro, ¿quién necesita…
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"Ah, los teléfonos inteligentes. Esos pequeños aparatos que llevamos a todas partes, casi como una extensión de nuestro cuerpo. Con cerca de 7.000 millones de estos dispositivos en el planeta, prácticamente tenemos uno por cada ser humano. ¿Y para qué los usamos? Pues para todo, menos para lo que realmente importa. Porque, claro, ¿quién necesita memorizar calles o hacer algo productivo cuando puedes perderte horas deslizando tu dedo hacia arriba en la pantalla? Es el ‘scroll’ infinito, esa brillante creación que hace que cada momento de tu vida parezca importante... hasta que recuerdas que llevas tres horas mirando memes."
"Y no es que esté siendo exagerado. Según los últimos datos, en España, el 40% de los niños de 11 años ya tiene móvil. ¡Cuarenta por ciento! A los 12 años, sube al 75% y, para cuando cumplen 14, ya el 90% de ellos está pegado al teléfono. Pero no se trata solo de que los niños tengan acceso a los móviles, no, no. Se trata de que pasan horas en redes sociales, absorbiendo todo tipo de contenido... la mayor parte del cual probablemente sea la foto de alguien desayunando aguacate. Ah, la juventud en su máxima expresión."
"Hablemos de adicción. Todos recordamos a B.F. Skinner, ese tipo que experimentaba con ratas y palancas. Bueno, resulta que lo mismo que funcionaba con ratas ahora funciona con nosotros, los humanos. Solo que, en vez de palancas que dan comida, tenemos teléfonos que dan likes, retweets, y la satisfacción temporal de un match en Tinder. Un deslizar aquí, otro allá, y antes de que te des cuenta, ¡boom! Has pasado nueve horas semanales en Instagram. Es como jugar a la tragaperras, pero sin el glamour de Las Vegas."
"Pero no te preocupes, no tienes que estar usando tu teléfono para que este controle tu vida. No, basta con que esté en la mesa delante de ti. Un estudio publicado en Nature demostró que solo tener el móvil cerca ya roba capacidad cognitiva. Es decir, mientras intentas mantener una conversación civilizada con alguien, tu cerebro está en plan: '¿Qué estará pasando en Instagram ahora mismo?'. ¿Concentración? ¿Qué es eso? Y así vamos, de tarea en tarea, fingiendo que somos multitarea, cuando lo único que hacemos realmente bien es distraernos de manera constante."
"Y luego está el gran negocio. Porque, claro, las redes sociales no están aquí para hacernos la vida más fácil o más feliz. No, no, amigos. Están aquí para robarnos lo más valioso que tenemos: nuestro tiempo. Mientras más tiempo pases en ellas, más anuncios ves, y más dinero hacen las grandes corporaciones. Así que, cada vez que deslizas el dedo, piensa en esto: estás regalando tu tiempo para que alguien más se enriquezca. Genial, ¿verdad?"
"Algunos expertos ya están gritando '¡Adicción!' y proponiendo soluciones como suscripciones mensuales para que las redes sean menos dañinas. ¿Te imaginas pagar una suscripción a Instagram para no ver publicidad y solo recibir fotos de tus amigos? Suena como un sueño... o una pesadilla elitista, porque, claro, quien no pueda pagar seguirá en la versión de 'Instagram con esteroides', llena de anuncios y contenido que solo genera ansiedad."
"Pero, oye, no todo está perdido. Hay maneras de recuperar nuestra atención, o al menos eso dicen. Cosas como desactivar notificaciones, dejar el móvil fuera de la vista, o usar aplicaciones de control para limitar el tiempo de uso. También podríamos, ya sabes, hacer actividades de la vida real. Aprender un idioma, tocar un instrumento, o simplemente... sentarnos y no hacer nada. Johann Hari, ese periodista que habla de cómo nos robaron la atención, hasta se retiró a un pueblo costero sin Internet durante un mes. Y lo mejor es que volvió diciendo: '¡Funcionó!' Pero claro, en cuanto volvió a la civilización, adiós atención, ¡hola móvil otra vez!"
"En resumen, vivimos en una época en la que nuestro cerebro está siendo reconfigurado para pasar de una cosa a otra sin parar, y eso tiene un precio. Pero, oye, si de algo puedes estar seguro, es de que siempre habrá algo más para deslizar. Porque, después de todo, en este mundo de redes sociales infinitas, el scroll no para. Nunca."
"Ah, la depresión, ese pequeño elefante en la habitación que nadie quiere mencionar. Según los expertos, unos 300 millones de personas alrededor del mundo viven con ella, pero tranquilos, que lo difícil no es tenerla, ¡lo difícil es que alguien te crea cuando intentas explicar lo que sientes! No es que los pacientes no hablen, es que a veces ni siquiera ellos entienden qué demonios está pasando en su cabeza. Pero, por suerte, nuestros amigos en Estados Unidos están desarrollando una tecnología que podría salvarnos de la inevitable pregunta: '¿cómo te sientes hoy?'. Sí, sí, porque lo último que necesitamos en un día malo es que nos lo pregunte Siri con voz de terapeuta barata."
"Presentamos PupilSense, el gadget que no sabías que necesitabas, pero que ahora te va a seguir hasta en la sopa. La premisa es simple: tu teléfono te está espiando, pero esta vez con buenas intenciones. Durante 10 gloriosos segundos, va a estar analizando el tamaño de tus pupilas cada vez que desbloqueas la pantalla. Si parpadeas demasiado o pones cara de ‘hoy no es mi día’, tu móvil ya lo sabe antes de que tú te des cuenta. ¿Privacidad? ¿Qué es eso? Si te preocupa que te espíen mientras usas tus redes sociales, tranquilo, porque ahora tu propio teléfono te va a diagnosticar si estás para mandarte directamente a la cama con un chocolate caliente... o no."
"Ahora bien, PupilSense no está solo. Como buen Batman necesita un Robin, y ahí entra en escena FacePsy, el sistema que analiza tu cara cada vez que desbloqueas el teléfono, incluso cuando intentas buscar el mejor ángulo para tu selfie. ¿Sabías que una sonrisa puede ser signo de depresión? ¡Exacto! A ver quién se atreve a decirte ahora 'sonríe, que la vida es bella'. Spoiler: a lo mejor no lo es, y tu teléfono lo sabrá antes que tu terapeuta."
"Los datos de PupilSense y FacePsy no están jugando. Después de analizar 16.000 usos de teléfonos de solo 25 personas durante cuatro semanas, nos han dejado claro que esto va en serio. El sistema puede predecir episodios depresivos con un 76% de precisión, lo cual es impresionante... o terrorífico, dependiendo de cómo lo mires. Pero, ¿quién necesita conversaciones humanas cuando tu teléfono ya sabe lo que te pasa? Mejor aún, si sacudes mucho la cabeza por las mañanas, probablemente estés deprimido. Sí, señores, el clásico ‘no sé qué hacer con mi vida’ ya tiene una función biométrica."
"Al final, la promesa de esta tecnología es que todos podemos ser diagnosticados en tiempo real mientras revisamos Instagram o respondemos un WhatsApp. Y lo mejor de todo es que estas apps eliminan las imágenes después del análisis, porque la privacidad es lo primero, siempre y cuando ignores el hecho de que tu cara y pupilas están siendo monitoreadas constantemente."
"Así que, en resumen: si un día te sientes mal y tu teléfono no te lo dice, quizá deberías preocuparte más por la inteligencia de tu smartphone que por tu propio estado mental. O, quién sabe, tal vez el teléfono tiene razón y solo necesitas reiniciar... aunque esta vez, a ti."
"Ah, los niños y las tecnologías. Ese combo perfecto que nos hace preguntarnos si estamos criando a futuros ingenieros... o expertos en vaciar cuentas bancarias. Porque, claro, ¿qué mejor manera de descubrir el valor del dinero que gastando 60.000 euros en micropagos para videojuegos? ¡Bienvenidos a la clase de economía del siglo XXI! Olvídate de las huchas de cerdito, ahora se ahorra en micropagos y se gasta en desbloquear ‘skins’ de Fortnite. ¡Esa es la educación financiera que todos querríamos para nuestros hijos!"
"Pero claro, no podemos culpar del todo a la pequeña. Con 13 años, ¿quién no querría gastarse unos cuantos miles de euros en mantener contentos a sus amigos de la escuela? Porque sí, eso de compartir lo hemos aprendido bien: 15.000 euros en videojuegos para ella, y otros 27.152 euros para desbloquear cositas bonitas. Y lo mejor, un par de regalos para sus compañeros, porque nada dice 'amistad verdadera' como financiar las compras de tus colegas. ¿Cuándo fue la última vez que un amigo te regaló una ‘skin’ de 200 euros? ¡Eso es amistad de la buena, señores!"
"Por supuesto, los padres, como suele pasar, se enteraron cuando ya quedaba en la cuenta de ahorros poco más de lo que llevarían encima si fueran a comprar chicles al kiosko: 0,5 yuanes. Sí, aproximadamente seis céntimos de euro. Un fondo que seguro les irá genial para su próxima compra... si lo que quieren es pagar el aire que respiran. ¿Y cómo se dieron cuenta? Pues gracias a una alerta de la profesora, porque resulta que cuando una niña pasa el 98% de su tiempo pegada al móvil, alguien que no sean sus padres tiene que dar la voz de alarma."
"Pero, ¿cómo pudo suceder tal tragedia digital? Ah, simple: la niña encontró la tarjeta de débito de mamá y, claro, si tienes la contraseña 'para emergencias', ¿qué emergencia más grande puede haber que desbloquear ese nivel exclusivo? No es su culpa, ¿cómo iba a saber que su madre no querría que se fundiera los ahorros de la familia en compras digitales? Todo es tan confuso para un niño hoy en día, ¿verdad?"
"Lo divertido del asunto es que para no ser pillada, nuestra pequeña genio eliminaba todos los registros de pago. Porque claro, si ya sabes cómo vaciar una cuenta bancaria sin que se note, lo de esconder la evidencia es pan comido. Este es el futuro, amigos: niños con habilidades para manejar la tecnología mejor que cualquier adulto... y también para arruinarte mejor que cualquier adulto."
"Ahora, la pregunta que todos nos hacemos: ¿y qué hacemos con los micropagos en videojuegos? Ah, los micropagos, ese pequeño e inofensivo detalle que te permite gastar cantidades astronómicas sin que te des cuenta. Porque claro, en un mundo en el que los niños juegan a videojuegos 'gratis', lo que verdaderamente importa es cuántos euros puedes gastar en contenido adicional. ¿Que el gasto promedio en videojuegos subió a 39 euros? Pues claro, ¿qué esperabas? Nada dice 'pandemia' como encerrarte en casa y hacer clic en 'comprar ahora'. Pero tranquilo, que las plataformas solo buscan incentivar tu diversión... o vaciar tu cuenta bancaria, lo que venga primero."
"En fin, que este caso en China ha vuelto a abrir el debate sobre los micropagos. ¡Oh, sorpresa! Ya era hora de que alguien se diera cuenta de que quizás, solo quizás, dejar a niños de 13 años con acceso ilimitado a tarjetas de crédito y micropagos no sea la mejor idea del mundo. Pero no os preocupéis, que seguro que los expertos y las organizaciones ya están trabajando en una solución… para dentro de unos 5 o 10 años, claro, cuando todos los ahorros de los padres ya estén en las arcas de los desarrolladores de videojuegos."
"Ah, las redes sociales... esos maravillosos rincones del internet donde los jóvenes pueden compartir fotos, memes, y, claro, desarrollar una buena dosis de ansiedad, depresión y baja autoestima. Porque, ¿qué mejor manera de pasar el tiempo que comparándose con influencers perfectamente editados y midiendo tu autoestima por la cantidad de likes que recibes? ¡Pura diversión, señoras y señores!"
"El estudio Health Behaviour in School-aged Children (HBSC) ha revelado lo que todos ya intuíamos pero nadie quería admitir: el confinamiento por la pandemia no solo nos dejó obsesionados con hacer pan de masa madre, también enganchó a los jóvenes a las redes sociales de una manera que podríamos llamar, digamos, 'problemática'. Según sus números, en 2022, el 11% de los adolescentes interactuó con las redes sociales de manera, ejem, poco saludable, frente al 7% de 2018. Ah, Inglaterra, Escocia y Gales, siempre tan competitivos, registraron cifras aún más altas. ¡Bravo, chicos, por llevar la delantera en algo tan deprimente!"
"Lo que es aún mejor es que, según la Dra. Jo Inchley, poco más de un tercio de los adolescentes están en línea todo el tiempo. ¡Todo el maldito día! Porque, claro, ¿quién quiere socializar en el mundo real cuando puedes pasar horas viendo cómo viven otras personas vidas que no te puedes permitir? Y aquí viene la joya de la corona: las chicas, que ya tienen la vida bastante difícil, resultan ser más propensas a sufrir los efectos negativos de las redes. Porque, además de preocuparse por las tareas escolares, ahora tienen la presión extra de parecer perfectas en Instagram. ¡Qué suerte!"
"¿Qué tipo de efectos negativos, preguntas? Oh, los clásicos de siempre: ansiedad, depresión, baja autoestima... los greatest hits de la salud mental. Y si creías que los niños se salvan, piénsalo otra vez. Ellos también sufren, solo que, por alguna razón, las chicas llevan la delantera en esta deprimente carrera. La combinación perfecta: presión social + expectativas irreales de la imagen corporal + el aislamiento de la pandemia. ¡Boom! La receta mágica para un desastre emocional de primera clase."
"Y no, no es que los jóvenes estén solo pasando un buen rato viendo videos de gatitos. Los síntomas de adicción a las redes sociales son algo serio. Mentir sobre cuánto tiempo pasan en línea, discutir con sus padres sobre el uso del móvil y, claro, descuidar todas las demás actividades. Vamos, que se saltan hasta la cena familiar porque tienen que responder a ese comentario en TikTok. Prioridades, ¿no?"
"Así que, según el HBSC, la solución está clara: necesitamos educar a estos pobres adolescentes sobre cómo usar las redes de manera saludable. ¡Y más regulación! Porque, obviamente, lo que necesitamos es un poco más de intervención gubernamental para asegurarnos de que los algoritmos no nos destruyan el cerebro... o al menos que lo hagan un poquito más despacio."
"Al final, lo que queda claro es que no podemos simplemente sentarnos y dejar que las redes sociales sigan con su destructiva fiesta. La Dra. Inchley lo ha dicho bien claro: necesitamos acción inmediata para evitar que nuestros adolescentes se hundan más en esta espiral de depresión, acoso y bajo rendimiento académico. Pero, claro, ¿quién necesita buenos resultados académicos cuando puedes tener un filtro de perro en Snapchat, verdad?"
"Hace veinte años, MySpace y Facebook llegaron como el mejor invento desde la rueda. Nos prometieron un mundo de conexión, de amistad y, ¿por qué no?, de stalkear a ese ex que se nos fue de las manos. Y aquí estamos hoy, con una advertencia del cirujano general de EE. UU., pidiendo que pongamos etiquetas de advertencia en las redes sociales. ¡Como si fueran paquetes de tabaco! La ironía es deliciosa: resulta que aquello que nos iba a conectar a todos, en realidad está haciendo añicos la salud mental de los jóvenes. ¡Bravo!"
"Ahora, si piensas que eso es lo peor, espera a ver la última serie documental de FX, Social Studies (Estudios Sociales). Lauren Greenfield, la directora, ha hecho lo impensable: ha grabado a adolescentes de verdad y no los típicos de 30 años que pasan por estudiantes en las series. Y el resultado, amigos míos, es lo que todos sospechábamos: las redes sociales son una especie de campo de batalla donde lo que más abunda es la dismorfia corporal, el bullying y, por supuesto, el constante bombardeo de likes que nunca son suficientes. Porque, ¿quién necesita autoestima cuando puedes tener una dosis diaria de ansiedad social gratis con cada notificación?"
"Greenfield decidió seguir a estos pobres chicos de Los Ángeles durante un año completo. ¿Y qué descubrió? Que TikTok y Snapchat no son solo redes sociales, ¡son armas de destrucción masiva! Algunos adolescentes las ven como un 'salvavidas', pero también como 'una pistola cargada'. Vamos, como esa relación tóxica de la que todos hemos sido parte alguna vez."
"Pero lo mejor de todo es el enfoque de la serie. Los chicos, ¡oh, sí! ¡Esos chicos que según los adultos no pueden ni atarse los zapatos solos! Resulta que fueron coinvestigadores en esta travesía. ¡Ellos mismos grabaron más de 2.000 horas de pantalla! Una maravilla de investigación científica que viene a confirmar lo que todos sospechábamos: los adolescentes pasan más tiempo pegados al móvil que haciendo cualquier otra cosa. Y sí, tenemos ahora un documental de cinco episodios que lo demuestra con pruebas irrefutables."
"Eso sí, el mejor momento llega cuando una de las estudiantes, sabiendo lo que dice, suelta que 'no puedes entrar en TikTok y estar segura'. Ahí lo tienes, señoras y señores. Y nosotros preocupados por las drogas, el alcohol o los peligros del parque infantil, cuando resulta que todo el mal del mundo está en el pequeño rectángulo de vidrio que llevamos en el bolsillo."
"Ahora, no vayan a pensar que la serie es solo drama. También vemos cómo algunos jóvenes utilizan las redes para algo útil: justicia social, creatividad, emprendimiento... Aunque, claro, eso es antes de que el algoritmo te arrastre por el camino oscuro de la comparación infinita y el ‘yo quiero ser como esa influencer con 4 filtros de belleza encima’."
"Así que, la próxima vez que veas a un adolescente mirando su móvil como si le fuera la vida en ello, no lo juzgues. No están atrapados, ¡están sobreviviendo en el caos digital que hemos creado! Y tú, adulto responsable, que alguna vez dijiste 'en mis tiempos todo esto era campo', siéntate y disfruta del espectáculo, porque nosotros, con nuestra ‘sabiduría’, les hemos dejado este maravilloso legado lleno de selfies, likes y ansiedad digital."
"Bueno, señoras y señores, parece que el Parlamento británico ha tenido una revelación divina: resulta que los smartphones son el verdadero villano de la película. Sí, esos pequeños dispositivos que nos han permitido tener mapas, enciclopedias y, por supuesto, fotos de gatos al alcance de la mano, son ahora la raíz de todos los males juveniles. ¡Qué sorpresa! Y claro, la solución obvia es prohibirlos en las escuelas y, por si fuera poco, elevar la edad mínima para que los niños puedan consentir que sus datos sean recolectados. Porque, ya sabes, si no lo haces a los 13, a los 16 serás muchísimo más sabio."
"Lo curioso es que, a pesar de los esfuerzos de académicos y expertos, que insisten en que prohibir los teléfonos probablemente no resolverá todos los problemas del mundo, aquí estamos debatiendo otra prohibición más. Y si aún te preguntas si los smartphones dañan a los niños, tranquilo, que el gobierno británico va a resolverlo por ti con su enfoque tan meticuloso y detallado como siempre. Después de todo, prohibir los móviles solucionará todos los problemas de concentración, acoso escolar, ansiedad, trastornos de sueño, y quién sabe, igual hasta cura el resfriado común."
"Y mientras ellos están ocupados ideando cómo convertir las escuelas en zonas libres de smartphones, un pequeño detalle se les escapa: ¿no sería más fácil diseñar un entorno digital más saludable? Nah, eso sería demasiado lógico. Mejor que los legisladores sigan optando por el camino del ‘vamos a quitarles todo’ y luego a ver si por arte de magia los niños empiezan a correr por los parques con flores en el pelo y cometas en el aire, en lugar de, ya sabes, encontrar otras maneras de evadir la realidad digital como hacen desde hace décadas. ¡Qué encantador sería!"
"Lo más hilarante de todo esto es que los smartphones se han convertido en el chivo expiatorio perfecto. Si algo va mal, ¡culpemos al teléfono! ¿Bullying en las escuelas? Smartphone. ¿Dificultad para concentrarse? Smartphone. ¿Dolor de espalda por cargar la mochila llena de libros que podrías leer en un Kindle? También el smartphone, obviamente. La realidad es que a lo mejor lo que falta es un poco más de educación sobre cómo usar estos aparatitos con algo de sentido común. Pero claro, ¿por qué molestarse en enseñar a los jóvenes a tener una relación saludable con la tecnología cuando podemos simplemente quitarles el teléfono y tachar otro problema de la lista, como si la vida fuera así de sencilla?"
"Y no olvidemos a nuestros amigos de Smartphone Free Childhood, quienes amablemente piden a los padres que no compren smartphones a sus hijos hasta que tengan al menos 13 años. Porque, claramente, a los 13 años ya se han alcanzado niveles insospechados de madurez y sabiduría para no caer en la adicción digital. Vamos, que a esa edad ya deberíamos estar todos listos para escribir nuestras memorias y publicar una tesis sobre cómo balancear la vida online y offline."
"Por otro lado, tenemos a los académicos, que nos dicen que en realidad la investigación sobre prohibir smartphones en las escuelas es, cómo decirlo, insuficiente. ¡Oh, sorpresa! Resulta que nadie está seguro de si prohibir los móviles realmente hace que los niños jueguen más, socialicen mejor, o si simplemente encontrarán otra manera de distraerse como lo hacíamos en los años pre-Internet. ¿Quién iba a decir que la solución a una crisis tan compleja como la salud mental juvenil no era tan simple como quitarles el teléfono y esperar lo mejor?"
"En fin, que si después de todo este debate aún no tienes claro si los smartphones son buenos o malos, no te preocupes, que el Parlamento británico se va a encargar de tomar una decisión por ti. Y si todo falla, siempre puedes convertir tu teléfono en un dumb phone y regresar a los días gloriosos de las llamadas de voz y los SMS. Porque, al final del día, el problema no es el uso del smartphone... el problema es que no lo estamos usando lo suficientemente mal para justificar toda esta parafernalia legislativa."
"Ah, la mente humana. Esa masa gelatinosa que tenemos bajo el cráneo, que guarda nuestros pensamientos más profundos, nuestros recuerdos, y las ideas más brillantes... y que, aparentemente, también es el último gran botín para las empresas tecnológicas. Porque, claro, ya no es suficiente con saber qué compramos, a dónde vamos, o a quién stalkeamos en Instagram. No, ahora quieren nuestros datos neuronales. Pero tranquilos, que California está aquí para salvarnos... con una ley que, bueno, más o menos hace lo que promete."
"Así que, el 28 de septiembre, California decidió que nuestros pensamientos más íntimos también merecen un poquito de privacidad, convirtiéndose en el segundo estado de EE. UU. en decir: '¡Eh, esos datos neuronales son sagrados!'. Porque, claro, ya sabéis cómo va esto: antes podías preocuparte de que te robaran el número de la tarjeta de crédito, pero ahora la verdadera joya de la corona es saber si prefieres un café con leche o un espresso solo basándose en tus ondas cerebrales. ¡Qué tiempos para estar vivos!"
"Pero no os emocionéis demasiado. La ley, aunque suene muy futurista y cool, tiene sus lagunas. Como bien dicen los expertos, está genial que nos protejan los datos brutos de nuestro cerebro, pero las inferencias, esas pequeñas conclusiones sobre lo que pensamos y sentimos... bueno, esas parece que no tienen tanta suerte. Es decir, podrán proteger que no se sepa que estás pensando en pizza a las 3 de la mañana, pero si deciden inferir que probablemente te guste la pizza basándose en tus patrones cerebrales... bueno, eso puede que sea otro cantar."
"Y no, no me lo estoy inventando. Según los cerebritos (con perdón de la redundancia) que saben de esto, como Nita Farahany o Marcello Ienca, la ley tiene una redacción tan vaga en algunas partes que casi parece que fue escrita después de un maratón de Netflix. Hay ambigüedades, lagunas y, básicamente, mucho margen para que las empresas hagan su magia interpretativa. Porque, claro, proteger nuestros pensamientos es importante... pero no tanto como lo es proteger la capacidad de las empresas para vendernos más cosas que no necesitamos."
"Y no es que la ley no haga nada, ojo. Si una empresa decide vender tus datos neuronales, ahora al menos tiene que hacer un esfuerzo por 'anonimizarlos'. Lo cual, traducido al lenguaje común, significa que sí, pueden usar tus datos, pero con la cortés intención de que no sepan que eres tú el que está pensando en esa pizza de las 3 de la mañana."
"Pero, en fin, todo esto es solo el principio. Nos dicen que California es el faro de luz que guiará el camino hacia la legislación mundial de la privacidad mental. ¡Qué bonito suena! Mientras tanto, nosotros seguimos aquí, con nuestros biosensores que rastrean si estamos estresados o emocionados, y nuestros dispositivos que deducen si vamos a comprar ese par de zapatos o no. Porque, como bien sabemos, proteger nuestra privacidad mental no está reñido con vendernos una vida mejor, ¿verdad?"
"Al final, lo importante es que el cerebro se está convirtiendo en el último campo de batalla del capitalismo digital. Que si tus ondas cerebrales, que si tu ritmo cardíaco, que si hacia dónde miras cuando piensas en comprarte un coche nuevo. Todo cuenta. Y todo se puede vender. Porque, al final del día, lo que realmente queremos es más apps que nos digan cómo sentimos, qué queremos y cómo podemos ser mejores personas... todo mientras alguien, en alguna parte, monetiza cada uno de esos pensamientos."
"Ah, el scroll infinito... esa promesa de inmortalidad digital que se parece más a una maldición que a una bendición. Porque, claro, en un mundo lleno de catástrofes, ¿quién no querría pasar horas desplazándose por noticias deprimentes y memes absurdos, buscando esa dosis diaria de ansiedad y nihilismo? Es como si las plataformas nos estuvieran diciendo: 'No te preocupes, amigo, nunca te faltarán desgracias para leer'. ¡Qué consuelo, ¿verdad?!"
"Y mientras seguimos deslizando el pulgar como si fuéramos máquinas de movimiento perpetuo, hay quien sugiere que tal vez, solo tal vez, podríamos aprender algo del arte clásico chino. Esos tipos no tenían ni feed de Instagram ni notificaciones de WhatsApp. No, ellos hacían scrolls a mano. Sí, a mano. ¡Imagina tomarte tu tiempo para crear algo así, en lugar de consumirlo en microdosis de dopamina! Ellos sabían que no podían verlo todo de un solo vistazo y lo aceptaban. Lo llamaban ‘perspectiva humana limitada’. Nosotros lo llamamos... bueno, problema de carga lenta."
"Ahora, ¿qué tal si tomáramos el concepto del ‘scroll lento’? Imagínate una red social que te obligue a detenerte, a reflexionar, a no deslizar como si no hubiera un mañana. Oh, espera, no se puede hacer dinero con eso. Claro, las grandes empresas tecnológicas no están aquí para que contemples tu existencia ni para que hagas las paces con la incertidumbre. Están aquí para que deslices hasta que te sangren los ojos. El capitalismo digital no descansa, y menos cuando tiene nuestros cerebros bien amarrados al ciclo de la notificación infinita."
"Por otro lado, tenemos a gente como el cofundador de Kickstarter, Yancey Strickler, sugiriendo algo tan loco como una ‘internet del bosque oscuro’. ¿El bosque oscuro? Suena casi romántico. Una internet donde solo entres por invitación, con chats pequeñitos y foros privados, lejos del ruido de las masas. Ya sabes, porque el doomscrolling es tan 2020 y lo que ahora se lleva es la exclusividad. Si no te invitan, no puedes participar. Lo siento, plebeyos, la ansiedad selecta es solo para unos pocos."
"Y aquí es donde entra el verdadero problema: no es que nuestras experiencias de usuario sean defectuosas, es que todo esto es el resultado de, sorpresa, el capitalismo! Las plataformas no están diseñadas para que meditemos sobre la vida o tengamos epifanías existenciales. Están diseñadas para que sigamos enganchados, día tras día, como buenos zombis digitales. No hay un botón de 'pausa' en el scroll infinito porque eso sería antieconómico. Es como si el pergamino interminable que tenías que desenrollar en la dinastía Song fuera hackeado por Facebook y ahora te vendieran anuncios cada vez que pasas por un trozo de paisaje."
"Y claro, algunos se consuelan diciendo: 'No pasa nada, siempre puedo salir al césped y tocar el pasto'. Ah, el viejo truco de la desconexión. Como si salir de la burbuja digital y meter los pies en la hierba pudiera resolver los males del mundo. ¡Qué fácil suena! Claro, siempre y cuando no te persigan las notificaciones como un enjambre de mosquitos tecnológicos. Al final del día, por más que quieras desconectar, la realidad es que estamos atrapados en este ciclo de doomscrolling. Porque, seamos sinceros, hasta el acto de 'salir y desconectar' ya tiene su propio hashtag."
"Al final, el doomscroll ha sido la práctica esencial de nuestra era: consumir catástrofes como si fueran capítulos de una serie de Netflix, sin capacidad de hacer nada al respecto, pero sintiéndonos involucrados porque, bueno, estamos informados, ¿no? Quizás, con el tiempo, lleguemos a sentir nostalgia de este hábito tan destructivo, porque al menos nos daba la ilusión de que estábamos siendo testigos de algo importante... aunque lo importante solo fuera nuestra propia desconexión emocional."
"¿Y quién sabe? Tal vez, mientras nuestros pulgares siguen pegados a la pantalla, deslizándose hacia la nada, algún día miraremos atrás y recordaremos este scroll como un acto heroico, como si cada deslizamiento fuera un pequeño documental de la decadencia humana. Pero, claro, no te preocupes. Siempre habrá más para deslizar. Así que sigue adelante, que aún hay mucho por ver... o no ver, dependiendo de cuán anestesiado estés."