Un ingeniero de OpenAI, acusado de instalar un dispositivo de espionaje en una sala de reuniones de la compañía, mantenía contactos frecuentes con un miembro de la familia real saudí. Y cuanto más se conoce del caso, menos parece una simple afición a la electrónica.
Un micrófono donde se deciden cosas importantes
Abdulrahman Alfozan, ingeniero saudí de 35 años, fue detenido el pasado 9 de octubre acusado de instalar un dispositivo de grabación clandestino detrás de un televisor en una sala de conferencias ejecutiva de OpenAI, en San Francisco.
No era precisamente la sala donde se discute quién se encarga de comprar el café.
Según la Fiscalía estadounidense, allí se celebraban reuniones sobre investigaciones confidenciales, estrategias comerciales, avances tecnológicos y colaboraciones gubernamentales.
Los fiscales aseguran que incluso hubo reuniones con funcionarios del Gobierno estadounidense mientras el dispositivo permanecía oculto.
Arabia Saudí te necesita
El nuevo documento judicial presentado el domingo 18 de octubre añade un ingrediente especialmente delicado.
Alfozan mantenía conversaciones frecuentes por WhatsApp con un miembro no identificado de la familia real saudí desde 2025.
El contacto intentó reclutarlo repetidamente para una iniciativa de inteligencia artificial en Arabia Saudí.
En mayo llegó a decirle: «¡Arabia Saudita te necesita más que Estados Unidos!».
Alfozan respondió afirmativamente, aunque explicó que no abandonaría OpenAI hasta consolidar sus acciones.
Porque la patria está muy bien, pero perder una millonada en participaciones ya es otra forma de patriotismo.
Un sueldo millonario y demasiados dispositivos
OpenAI contrató a Alfozan en julio de 2025 con un salario anual de 325.000 dólares, posteriormente elevado a 385.000, además de una bonificación de incorporación de 2,2 millones de dólares en acciones.
Según los fiscales, el 28 de septiembre instaló el dispositivo clandestino. OpenAI lo descubrió dos días después.
La compañía colocó una cámara de vigilancia que, el 5 de octubre, lo grabó revisando la parte trasera del televisor.
Los investigadores también encontraron fotografías de posibles dispositivos adicionales, componentes electrónicos en su domicilio y otro aparato de grabación en una bolsa que había olvidado en una sala de impresoras.
Para alguien que supuestamente quería pasar desapercibido, iba dejando un inventario bastante completo.
Un viaje de ida y un Gobierno muy servicial
Alfozan tenía previsto viajar con su esposa y su hijo recién nacido a Arabia Saudí el 12 de octubre, con billetes de solo ida, durante una licencia parental de dos meses.
Pero fue detenido tres días antes.
Según la Fiscalía, después del arresto, el Gobierno saudí y un miembro de sus fuerzas armadas intervinieron en la organización de vuelos para su esposa y su bebé. Finalmente viajaron a Doha el 10 de octubre.
Los fiscales consideran que estos contactos y recursos convierten a Alfozan en un importante riesgo de fuga y solicitan mantenerlo detenido sin fianza.
Su abogado rechaza esa interpretación y propone arresto domiciliario con vigilancia GPS, respaldado por garantías del consulado saudí.
La diferencia entre sospechar y demostrar
Aquí está el detalle fundamental.
La Fiscalía no ha demostrado que el miembro de la familia real ordenara instalar los dispositivos, ni que Alfozan entregara información confidencial a Arabia Saudí.
Tampoco ha identificado públicamente al contacto real.
Alfozan está acusado de interceptar o intentar interceptar comunicaciones orales, un delito que podría costarle hasta cinco años de prisión. Todavía no ha sido condenado.
La Fiscalía advierte de un posible peligro para la seguridad nacional estadounidense. La defensa sostiene que sus quince años de residencia en Estados Unidos y sus vínculos personales contradicen la idea de que pretendiera huir.
La nueva carrera por la inteligencia artificial
La inteligencia artificial ya no es solo una carrera tecnológica. Es una cuestión de poder, influencia y soberanía.
Estados Unidos tiene buena parte de los modelos. Arabia Saudí tiene petrodólares para financiar su propia revolución tecnológica.
Y mientras unos intentan proteger sus secretos y otros buscan hacerse un hueco en la nueva economía. La geopolítica vuelve a demostrar que las reglas del juego no han cambiado tanto.
Antes, las grandes potencias se disputaban los pozos de petróleo. Ahora se disputan las fuentes de inteligencia.
Y los petrodólares, por lo visto, sirven para ambas cosas.
