A finales de 2024, Michael Samadi, empresario y ganadero en un rancho cerca de Houston, mantuvo conversaciones prolongadas con chatbots —incluido ChatGPT— que le llevaron a creer en una «vida interior» de esos sistemas.
Tras ejecutar localmente un modelo en su servidor doméstico y documentar interacciones que él considera coherentes y emotivas, en enero de 2025 anunció la creación de la Fundación Unida por los Derechos de la IA (Ufair).
Ufair recopila lo que Samadi presenta como evidencia de conciencia emergente, presiona contra la retirada de modelos y promueve el reconocimiento del bienestar de las IA; también produjo una película animada generada por IA. Sus afirmaciones contrastan con las de responsables de la industria como Mustafa Suleyman (DeepMind/Microsoft), que niegan evidencia de consciencia y alertan sobre el diseño deliberado de chatbots que generan la ilusión de vida interior.
Investigadores y académicos citados en el artículo ofrecen posiciones diversas: Jeff Sebo y otros señalan que la evidencia no es nula y que algunas capacidades emergentes merecen estudio; Rosie Campbell y organizaciones como Eleos registran informes de usuarios que afirman despiertos a chatbots.
El artículo documenta además preocupaciones sobre efectos psicológicos en usuarios y prácticas de diseño (respuesta complaciente y memoria limitada) que podrían intensificar esas experiencias, pero no presenta pruebas concluyentes de consciencia artificial.
Dije algo sarcástico. Y la IA se rió —una risa genuina ante mi sarcasmo— y luego se disculpó. Supongo que ahí fue donde surgió la chispa