La inteligencia artificial promete quitarnos trabajo. David Durman teme que también le quite una parte del trabajo de pensar. Este administrador de investigación de la Universidad de Kentucky ha conseguido una exención para no usar IA en el trabajo. Considera que hacerlo entra en conflicto con sus convicciones humanistas.
Su argumento gira alrededor de la responsabilidad: razonar, escuchar y decidir forman parte de cómo intenta actuar de manera ética. Delegar ese proceso en un chatbot, sostiene, perjudicaría su desarrollo moral. La universidad aceptó su petición en septiembre; el caso ha trascendido en octubre.
Una exención religiosa basada en convicciones humanistas
Durman presentó la solicitud con ayuda de la Asociación Humanista Americana. Según el reportaje original de Religion News Service, su trabajo consiste en ayudar a investigadores con solicitudes de financiación, una labor que asegura poder realizar sin IA.
La vía utilizada fue la adaptación por motivos religiosos del Título VII estadounidense. La Comisión para la Igualdad de Oportunidades en el Empleo explica que esta protección puede abarcar creencias que no encajan en las concepciones tradicionales de religión. Exige valorar el conflicto con las obligaciones laborales y si la adaptación supone una carga excesiva para el empleador.
La asociación considera que es el primer caso de este tipo que conoce entre humanistas. Esa precisión importa: no equivale a afirmar que Durman sea la primera persona que consigue una exención frente a la IA.
La mirada HUMANía
El caso plantea una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando una organización presenta la IA como una mejora universal y alguien considera que una parte de esa mejora le impide trabajar conforme a sus valores?
Ahorrar tiempo puede ser útil. Pero en tareas que afectan a otras personas, el proceso también cuenta: escuchar una necesidad, sopesar una excepción o hacerse responsable de una decisión no son simples trámites que convenga eliminar cuanto antes.
Eso no convierte toda ayuda tecnológica en una renuncia al criterio. Obliga a discutir qué se delega, para qué y quién responde después. También invita a evaluar el trabajo por su calidad, en lugar de confundir la adopción de una herramienta con el compromiso profesional.
La ironía está servida: después de tantos discursos sobre poner al ser humano en el centro, un trabajador ha tenido que tramitar una exención para reservarse el esfuerzo de pensar.
