«Nota del editor sobre este artículo. Lo que sigue es un trabajo de periodismo especulativo…».
Linus Torvalds tiene una alucinación. O mejor dicho, dos.
La primera la provoca una IA que le entrega código perfecto usando una función de PyTorch que no existe. El problema no es que la máquina se lo invente. El problema es que durante unos segundos un humano competente se lo cree. Y ahí está buena parte del drama actual: la IA ya no necesita acertar siempre; le basta con sonar como si supiera lo que hace.
Pero el artículo va mucho más lejos. Imagina a un Torvalds joven mirando la industria de la IA y viendo algo muy parecido al software propietario de los años ochenta: unos pocos gigantes controlando modelos, infraestructura, datos y acceso. Tú no posees la inteligencia. La alquilas.
La pregunta entonces es inevitable: ¿dónde está el Linux de la inteligencia artificial?
No otro modelo gigantesco construido con miles de GPUs y una cuenta bancaria con problemas de autoestima. Algo distinto: una arquitectura abierta, distribuida, capaz de aprovechar hardware común, datos privados y sistemas más eficientes.
El artículo también mete el dedo en otra herida: llamar “open source” a un modelo porque puedes descargar sus pesos es bastante generoso. Si no conoces realmente cómo fue construido, qué datos lo entrenaron o cómo reproducirlo, quizá tengas una caja abierta. Pero sigues sin tener el manual.
Y esa es la segunda alucinación: imaginar una IA descentralizada, abierta y fuera del control de unas pocas empresas.
Puede que hoy suene ingenuo.
También sonaba ingenuo en 1991 que un estudiante finlandés construyera, “por hobby”, un pequeño sistema operativo llamado Linux.
La diferencia entre una alucinación y una revolución tecnológica, a veces, solo es que alguien se pone a programarla.