Una escuela conectó a estudiantes a monitores cardíacos en clase mientras una inteligencia artificial reproducía críticas a sus trabajos, lo que suscitó inquietud sobre la privacidad, el consentimiento informado y el impacto emocional en menores. No entendemos porqué.
La situación puso en evidencia la necesidad de marcos éticos y políticas claras para el uso de IA en entornos educativos, así como la supervisión humana en intervenciones que impliquen datos biométricos. Por no mencionar que pone en entredicho la ética de la escuela.
Expertos y comunidades educativas piden transparencia y límites sobre cómo se recaban y emplean estos datos sensibles en centros escolares.
Y lo más irónico, la misma institución le pide al periódico que tenga cuidado con que datos de los alumnos expone en el artículo.
«La regla del reto era sencilla», escribió un estudiante: «mi frecuencia cardíaca en reposo era de 80 latidos por minuto, y tenía que mantenerme dentro del 10 por ciento de esa cifra durante toda la prueba. Cualquier valor superior a 88 suponía un suspenso».